domingo, 18 de agosto de 2019

¡Qué no se escape la tortuga!

Hacia 1810 el problema del agua en la Ciudad de Buenos Aires, preocupaba a varios: La ciudad era muy pequeña en dimensiones pero no en población; había hacinamiento. No todas las casas tenían aljibes, generalmente las más acaudaladas. Los porteños se quejaban de dolencias y sufrían enfermedades relacionadas con  el estómago y los intestinos.
Fue así que muchos justificaban las borracheras y las legiones de borrachines argumentando de que el agua era de muy mala calidad.
Con el agua del pozo, que almacenaba la misma proveniente de los techos cuando llovía, ocurría que pasaban días y semanas sin llover, hacia 1810 llovía la mitad de lo que llueve hoy, por ende el agua se estancaba. Es por eso que, para evitar que se formaran algas y parásitos, se colocaba una tortuga de agua.
lo anecdótico es que cuando venía un forastero o un viajero, le servían esa misma agua y los mismos decían que "el agua de Buenos Aires tenía un cierto toque amargo". Parece que nadie se percató de que las tortugas defecaban y orinaban en el agua.

Fuente: Cowen, Pablo. (Agosto de 2019) "Viejas infancias porteñas" Visita guiada de Cabildo en Foco. Llevada a cabo en el Museo del Cabildo y la Revolución de Mayo. Buenos Aires, Argentina.

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